Hay un momento del año en que una parte de Cataluña cambia de ritmo. Las viñas están llenas de uva madura, los tractores recorren los caminos entre cepas y en las bodegas empiezan unas semanas de actividad frenética. Ha llegado la vendimia.
El final del verano y el inicio del otoño son tiempo de cosecha de la uva y septiembre es un mes inevitablemente ligado a esta imagen. Desde el Penedès hasta el Priorat, pasando por el Empordà, la Terra Alta, el Montsant o las tierras de Lleida, la uva forma parte del paisaje, de la economía y de la cultura gastronómica de Cataluña.
Septiembre, tiempo de vendimia
La vendimia es el momento en que se recoge la uva después de meses de trabajo en la viña. No existe, sin embargo, una única fecha para empezarla. La variedad, el grado de maduración, el clima y las características de cada territorio determinan el momento de cosechar.
Por eso, mientras en algunas zonas o para determinadas variedades la cosecha puede haber empezado antes, en otras se adentra plenamente en septiembre e incluso puede continuar más adelante.
El momento de la cosecha es determinante. El grado de maduración de la uva influye directamente en las características del vino que se obtendrá: entre otros aspectos, en la concentración de azúcares y, posteriormente, en el grado alcohólico.
Un país de viñas
Para entender hasta qué punto la viña está vinculada a Cataluña solo hay que mirar el mapa. Cataluña cuenta con doce denominaciones de origen vitivinícolas: Alella, Cataluña, Cava, Conca de Barberà, Costers del Segre, Empordà, Montsant, Penedès, Pla de Bages, Priorat, Tarragona y Terra Alta.
Es un mosaico extraordinariamente diverso. Hay viñas cercanas al Mediterráneo, otras rodeadas de montañas, plantaciones en llanuras interiores y cepas que crecen en pendientes que obligan a hacer buena parte del trabajo manualmente.
Esta diversidad de suelos, microclimas y paisajes explica también la gran variedad de vinos que se producen en el país.
Del Priorat a la Terra Alta: cada territorio tiene su uva
Hablar de uva catalana significa hablar también de variedades que han quedado profundamente vinculadas a determinados territorios.
En el Priorat, por ejemplo, las variedades tintas tradicionales son la Garnacha y la Cariñena. Las viñas más tradicionales crecen en laderas de fuerte pendiente y sobre uno de los elementos más característicos de este territorio: la pizarra.
En la Terra Alta, en cambio, la Garnacha tiene un protagonismo extraordinario. La Garnacha blanca, la negra y la peluda son variedades predominantes, junto con el Macabeo y la Cariñena. La Garnacha blanca tiene una presencia especialmente importante.
Y en el Montsant, Garnacha blanca, Macabeo, Garnacha tinta y Cariñena son cuatro de las variedades históricas y predominantes, que representan más del 65% de los viñedos de la denominación.
Macabeo, Xarel·lo y Parellada: tres nombres inseparables de nuestra casa
Entre las uvas blancas, hay tres nombres que cualquier aficionado al vino y al cava catalán ha oído alguna vez: Macabeo, Xarel·lo y Parellada.
Son variedades autorizadas para elaborar Cava y forman parte de la historia vitivinícola de zonas especialmente vinculadas a los espumosos.
De hecho, fue en Sant Sadurní d'Anoia donde, en el año 1872, se elaboraron las primeras botellas de cava siguiendo el método tradicional, después de que diferentes familias de la zona experimentaran con la segunda fermentación en botella.
La viña, mucho más que vino
Pero la importancia de la uva va mucho más allá de lo que encontramos dentro de una botella. Durante siglos, la viña ha contribuido a dibujar el paisaje catalán.
Ha modelado campos, márgenes y laderas; ha generado oficios y tradiciones, ha hecho crecer cooperativas y bodegas y ha dejado una arquitectura propia en muchos puntos del territorio.
La cultura del vino está tan arraigada en el país que el Instituto Catalán de la Viña y el Vino recuerda que la tradición vitivinícola catalana se remonta a la antigüedad, con la introducción y expansión del cultivo de la viña durante la época de los fenicios y los romanos.
Cuando el paisaje entra en la bodega
La vendimia representa también el final de un ciclo y el inicio de otro. La uva deja la viña y entra en la bodega, donde comenzará un proceso que puede dar lugar a vinos blancos, tintos, rosados, espumosos, vinos dulces o elaboraciones destinadas a largas crianzas.
Y todo comienza con aquel pequeño fruto que durante meses ha ido madurando en la cepa.
Quizás por eso la vendimia sigue teniendo una fuerza especial. Porque durante unas semanas podemos ver, casi a simple vista, cómo el paisaje se convierte en producto.
Septiembre late entre viñedos
Recorrer Cataluña durante estas semanas es encontrar un país en plena cosecha. Hay uva en los viñedos, movimiento en las bodegas y pueblos donde la vendimia sigue marcando una parte importante del calendario anual.
Desde las garnachas de la Terra Alta hasta los costers del Priorat, desde los viñedos del Empordà hasta las grandes extensiones vitivinícolas del Penedès, cada septiembre Cataluña vuelve a contar una parte de su historia a través de la uva.
Una historia de tierra, clima, campesinado y generaciones que han convertido la viña en uno de los paisajes más reconocibles de nuestra casa.
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